01 de Julio, 2017                      

08 Y 10 DE JULIO 1910: ORDENACIÓN SACERDOTAL Y PRIMERA MISA DE PADRE KENTENICH

  

 

José Kentenich, ya en su infancia descubre su anhelo al sacerdocio y su disposición para lo religioso. Así lo expresa en una pequeña oración que él mismo formula de niño: “Dios te salve, María. Por tu pureza conserva puros mi cuerpo y mi alma, ábreme ampliamente a tu corazón y al corazón de tu hijo.”

En su primera Comunión le cuenta a su madre su deseo de ser sacerdote. Y ella le responde: “Hijo, entonces tenemos que rezar mucho.” Él mismo explica casi 50 años después que “no sería difícil descubrir en esa oración la raíz de lo que más tarde sería y se alimentaría toda la espiritualidad de la Familia.”

En 1904 llegó a Limburgo, la casa matriz de la Provincia Pallottina, donde pasó los 9 años de preparación al sacerdocio. Su formación incluía 6 años de estudio de teología y filosofía, que comenzaba en el segundo año de noviciado y finalizaba seis meses después de la ordenación sacerdotal.
El camino durante sus años de estudio en Limburgo estuvo marcado por una pesada carga física, psíquica y espiritual, y por la soledad. La experiencia de soledad iba más allá del desamparo humano y familiar.

Sin embargo, echando una mirada retrospectiva, José Kentenich considera su soledad como preparación para su ulterior actividad de fundador, que exigiría de él independencia en el pensamiento y en la acción. Y escribe al respecto:


“El haber crecido en una profunda soledad – propia del desierto – en el plano psíquico y espiritual permite comprender fácilmente que desde temprano adquiriese una relativa libertad frente al favor o disfavor de la gente, la alabanza o la represión, la aceptación o el rechazo”.

Así, él no se resigna ni desespera, sino se mantiene fiel a su visión de sí mismo y a su vocación al sacerdocio. Una vez concedida la admisión definitiva, Mons. Vieter ordenó diácono al seminarista Kentenich en marzo de 1910 y se ordenó sacerdote el 08 de julio de ese mismo año. La ceremonia fue en la Casa de las Misiones de Limburgo.

Celebró su primera misa el 10 de julio en esa misma capilla, asistido por su Provincial, el P.Kolb en presencia de su madre y unos pocos parientes. En el altar lo acompañó el Provincial Padre Kolb y la homilía de su Primera Misa la pronunció el P. Karl Stehr.

 

 

"Concede, Dios mío, que todos los espíritus se unan en la verdad y todos los corazones en el amor. Sagrado Corazón de Jesús en vos confío. Sagrado Corazón de María sed la salvación mía."

 

 



 

 

 

 

 

Aquella oración es la que elije el Padre Kentenich en la estampa de recuerdo de su primera misa. Verdad y amor son los dos valores fundamentales por los que luchó por su tiempo de juventud y seminario y que halló solución en la unión armónica de ambos. La verdad y el amor se convierten así – mirándolo retrospectivamente – en el fundamento de su vida y en las fuerzas que sostienen su fundación.

 “Lo que en todos esos años me permitió conservar la fe fue un amor profundo y sencillo a María. El amor a María nos infunde siempre esa manera orgánica de pensar. Las luchas terminaron cuando fui ordenado sacerdote y proyecté hacia afuera, di forma, modelé el mundo que llevaba en mí. Las perpetuas cavilaciones se curaron asumiendo la vida diaria común. Esa es también la razón de por qué comprendo tan bien el alma del hombre de hoy lo que causa tanto daña en Occidente. ¿A quién le debo todo?...sin duda, de la Madre de Dios. Así pues, junto con la enfermedad experimenté en carne propia el remedio en abundancia”

En el cultivo de la devoción mariana José Kentenich hace una importante experiencia: la Madre del Señor infunde certeza y seguridad en la fe. En su primera misa, su madre le regaló una cruz grande de madera con una dedicatoria personal: “Querido José: esta cruz te la regala tu madre para tu primera misa”.

Esta consigna determinó también su vida posterior: la cruz se convirtió para él en símbolo de elección y de particular seguimiento de Cristo. “José estuvo clavado en la cruz desde la cuna hasta la tumba”, diría su primo Henriette.

En sus bodas de plata sacerdotales dio el siguiente testimonio ante todo el Movimiento de Schoenstatt: “Sí, también sé y admito con gusto que hay pocas vidas de sacerdotes tan extraordinariamente bendecidas como lo fue la mía. Lo que yo he llegado a ser, lo que se ha generado a través de mí y lo que se ha generado a través de ustedes, se ha generado por obra de nuestra Madre tres veces Admirable de Schoenstatt”.

Con la ordenación sacerdotal surgió una entrañable “paternitas” que quiso manifestarse en una servicialidad creadora, pero al mismo tiempo fue despertada y conducida hacia arriba por lo que me rodearon. Permítanme decir: Toda la fuerza de mi amor, que hasta la fecha no había sido despertada, se transformó en amor paternal. En los inicios de su actividad docente y de espiritualidad en Schoenstatt, el padre Kentenicb comenzó a plasmar su idea innata y predilecta: la formación y educación del hombre nuevo en la comunidad nueva. Como sacerdote carismático y alfarero paternal – en la fuerza de la Alianza de Amor con María y desde su Santuario- inauguró un taller del hombre nuevo.

A la luz de la cruz el Padre Kentenich desplegó su carisma especial, sirviendo creativamente a la misión que Dios le había confiado. Así llegó a ser un sacerdote maduro que ayudó – y ayuda – a incontables personas a llevar con alegría su cruz, a tener una honda vivencia de la fe; un amor profundo y una Alianza vivida desde su entera entrega en confianza hacia un legado que nos inspira hacia la santidad de la vida diaria: Dilexit Ecclesiam, “Amó a la Iglesia” .