16 de Septiembre, 2017                      

UN ALEGRE Y SENCILLO APÓSTOL DE MARÍA Y GUARDIÁN DEL SANTUARIO
Fotografías: Antonio Barbagelata Figari

 

 


El Padre Jaime parte el 16 de Septiembre de 2017 a la casa del Padre, y nos deja muchos recuerdos en donde siempre nos educó con alegría y sencillez.

Trabajó en Portugal, en Concepción, Temuco, Carrascal, en Bellavista; una vida con mucha fecundidad. Pertenecía a un curso llamado “Vinctus Pastoris” (Atados al Pastor) y para él significaba estar unido a Cristo y también al Padre Kentenich.

Un sacerdote padre, como pastor, preocupado por cada una de sus ovejas. Su cercanía, su sencillez eran siempre una puerta abierta hacia todos. Muy vinculado al Santuario, fue un guardián del Santuario. Cuando era seminarista en Brasil,  le prometió a la Virgen ir todos los días al Santuario; y lo cumplió. Lo esencial de Schoenstatt lo encontró en el Santuario, no como teoría sino como vivencia, como vinculo real.

Gran apóstol de María, la amaba profundamente a través de su Alianza con Ella. Una persona alegre, con frases que resumían lo que sucedía en todo momento.
Hay que recordarlo como una persona alegre, porque en su corazón tenía a la Virgen María; sencillo, humilde y de una gran sonrisa.

Se va al inicio del año del Padre Kentenich, él vivió su vinculación con el padre fundador a través de la Eucaristía; pocos días antes de la partida del Padre Kentenich, el Padre Jaime lo ayudó en una misa y al término de esta, en la sacristía el Padre Kentenich le pregunta “De dónde vienes?”, el Padre Jaime contesta “Vengo de Chile”, a lo que el P Kentenich le responde “De Chile viene todo lo bueno”.

El Padre Jaime nos deja muchas enseñanzas, un ejemplo de una vida alegre en Cristo, en la Alianza; vinculado estrechamente al Padre Fundador y al Santuario. Desde el cielo nos sigue invitando a la oración, a ser Santuarios vivos; a saber encontrar esa riqueza del Santuario. El padre Jaime comienza su pascua en el Cielo, junto al Padre Kentenich, en los brazos de la Mater, victorioso.

 

TESTIMONIO DEL PADRE JAIME OCHAGAVÍA
(Extracto de Testimonios 1885 - 1968 Recopilados por el P. Esteban J. Uriburu)

El Padre es una persona que ha marcado profundamente mi vida. En primer lugar, antes de conocerlo directamente en persona, sentí a partir de 1964 un entendimiento profunso y total por su obra, su visión y su respuesta.

En esa época me pregunté: ¿Quién es este hombre que toca tan fuertemente mi vida, que me estremece interiormente, que me renueva y hace vibrar por los ideales más altos? Movido por este profundo entusiasmo estudié con mucho interés alemán, escuché testimonios sobre su vida y actuar, que me significaron mucho. En 1966 llegué a Alemania y tuve la alegría de saludarlo y escucharlo. La impresión más fuerte fue la de estar delante de un hombre que vive enteramente en Dios, en el mundo sobrenatural. Yo nunca había escuchado hablar de Dios como él lo hizo. El Dios vivo era para él una realidad tan cercana y real que uno sentía el impacto de la presencia real de Dios en un hombre y a través de su persona. En este sentido, en una conferencia que dio a la Familia en Schoenstatt, se refirió a ese Dios vivo y presente. Sus palabras me impresionaron y me quedaron dando vueltas durante meses.

Hablaba del Dios presente y en forma muy especial decía: "arriba Tú, abajo Tú, adelante Tú, detrás Tú, Tú, Tú, Tú, Tú”. Días después caminaba por los pasillos de la Facultad de Teología en Munster y sus palabras volvían a mi corazón con insistencia. Sentí que era lo más importante y lo que más me había querido decir Dios a través de su persona. En esa misma conferencia hablando del Dios vivo y presente citó un texto de San Vicente Pallotti. Pallotti se distinguió como el santo del amor infinito, del infinitismo en todas direcciones. Dios fue todo para él.

El Padre trajo a colación un texto del santo en el que destacaba, por encima de todo, la grandeza e importancia de Dios para su vida, al afirmar: "No el alimento, sino Dios; no la bebida, sino Dios; no el vestido, sino Dios...” Marcaba así, a través de varias comparaciones, la supremacía absoluta de Dios. Estas palabras me impresionaron y durante meses las tuve presente y junto a las anteriores constituyen y expresan de un modo adecuado el mensaje fundamental que recibí del Padre Fundador. El Padre como una persona que encarna de una manera especialísima a Dios y el mundo sobrenatural, que lo hace cercano, inmediato, próximo y que me invita a vivir en intimidad con el Dios vivo y presente.

Un segundo punto que quisiera señalar en su persona es su conciencia de misión. El Padre se me presentó como un enviado de Dios, que a su vez envía. La primera vez que nos acercamos un grupo de estudiantes de distintos países a saludarlo —en marzo de 1966— ya desde lejos nos recibió con estas palabras: "Id e incendiad el mundo”. Esas fueron sus palabras. Un hombre de Dios, un hombre enviado por Dios, un hombre con una misión especialísima para el tiempo. Un hombre que invita a participar en esa misión inmensa que abarca todo el mundo. Yo sentía el peso de sus palabras e instintivamente reaccioné mirando hacia el lado como si hubieran sido dichas para mis vecinos. Me costó sentirme llamado a una misión universal. En la medida en que me fui adentrando en su respuesta y misión comprendí que estaba ante un profeta enviado por Dios para siglos, consciente de la magnitud de su tarea y responsabilidad.

He hablado del Padre Fundador como un hombre de Dios, como un hombre portador de una misión universal. En tercer lugar quisiera referirme al Padre como una persona cercana a la vida y a las necesidades de cada una de las personas que Dios le había confiado. En una oportunidad le escribí una carta planteándole una necesidad y varias preguntas. Se trataba de algo que me tocaba y que también afectaba a otras personas. Su reacción fue inmediata, valorizando al máximo el sentido de mi pregunta y necesidad, de manera realmente admirable. Pareció que en ese momento mi pregunta era lo único que tenía que resolver (yo estaba bien seguro de la inmensidad de asuntos que permanentemente lo ocupaban).

Esto me hizo reconocerlo como un Padre preocupado por cada cosa y que deja todo de lado ante la necesidad de una persona. Podría decir otras cosas sobre el Padre y el mensaje que me transmitió con su persona. Pero me limito a estos tres puntos: un hombre de Dios con una misión universal, que invita a participar en ella y un Padre cercano a las necesidades de cada uno de los que le han sido confiados.