10 de Agosto, 2017                    

HERMANA MARÍA LORETO CORREA, UN LEGADO HACIA SCHOENSTATT, UN CAMINO HACIA EL PADRE

     

 

La Eucaristía es la mejor oportunidad para expresar nuestra gratitud por la vida de nuestra Hna. María Loreto; gratitud por su gran amor a Schoenstatt y por su entrega generosa a nuestra Familia de Hermanas de María.

Dios Padre nos sorprendió con su partida. Estaba en perfecto estado de salud; los 82 años de vida no habían socavado su empuje a entregar lo mejor de sí misma hasta esa mañana del 3 de julio cuando sufrió un aneurisma irreversible. Ella siempre había pedido una muerte rápida, sin complicaciones. Fue escuchada. Son varias las señales de que sus peticiones fueron atendidas; dejó asuntos liquidados, tareas terminadas sin saber que eran las últimas, visitó a personas queridas, sostuvo conversaciones telefónicas sin saber que era la despedida. Era su hora.

La Hermana María Loreto nació y creció en una familia católica de cuatro hermanos, de la que queda solo Margarita María, a quien expresamos una especial solidaridad. Un hermano murió siendo niño y una hermana todavía joven. Siempre se sintió unida a una gran familia Correa y Arrau; en ese marco quiso entrañablemente a sus sobrinos con quienes mantenía un contacto cercano y cariñoso, además de afirmarlos en su fe.  

Se educó en el colegio del Sagrado Corazón, monjas inglesas. De allí trajo una profunda religiosidad y devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Nunca olvidó la antigua y tradicional oración que se rezaba en el mes de junio y hasta el final, el primer viernes de mes era un día especial. Era religiosa de una forma muy connatural. Una Hermana comentaba que en los últimos años había aumentado su inclinación a la adoración eucarística que la reconfortaba en sus responsabilidades.

Conoció Schoenstatt desde el año 1953 y siempre cultivó el vínculo con su grupo Magnanimitas. A los 24 años ingresó a nuestro Instituto para consagrarse totalmente como pequeña María por la misión del Padre Kentenich. Trabajó en el Colegio Mariano, vivió en Temuco donde fue secretaria de Mons. Piñera, estuvo en Concepción y luego en Santiago, en la Secretaría del Movimiento.  

Un tiempo fue secretaria privada del Cardenal Silva Henríquez en su casa particular en la calle Simón Bolívar. Tuvo a cargo los inicios de nuestra imprenta y editorial y luego asumió la tarea de ecónoma hasta hace pocos años, pero hasta el último día ejecutó responsabilidades de carácter administrativo y económico, todo llevado con ingenio y creatividad. Nombró a San José, patrono de su tarea y se preocupaba de encenderle una vela los días miércoles en el Santuario. En verdad, fue un instrumento de San José como guardián de la Familia.

La hemos conocido muy bien. Nuestra Familia la recordará siempre como una Hermana fraterna, solidaria, buena para conversaciones largas y entretenidas.  Se jugó por los intereses de nuestra comunidad a costa de sacrificios y renuncias y también de malos entendidos, pero sin resentimientos. Fuimos testigos de su personalidad con un sello sanguíneo; descomplicada, sin detenerse en lo más complejo, alegre, libre, amistosa, llena de iniciativas; levantaba rápido la cabeza después de los fracasos. Sobre todo, muy original en su modo de darse, buen humor; se reía de sí misma, especialmente con las anécdotas de sus percances como efecto de ser marcadamente distraída. También la observamos vibrando con los vaivenes de la historia de nuestro país, con los apuros de nuestra Iglesia y el desarrollo del Movimiento.

 

 

Podemos decir que se destacó con sus ‘emprendimientos’.  Era la reina de los contactos y no sólo para solicitar ayuda, colaboración o asesoría, sino porque sabía sostener vínculos en el tiempo, aportando palabras de fe y estímulo. Tenía una preocupación constante por buscar caminos para agradecer la ayuda de las muchas personas e instituciones que nos han ayudado y que también están aquí representados. El último día estaba preparando mazapanes para regalar. Tenía buena mano para la cocina chilena según las enseñanzas de su madre.  Mantenía contacto con instituciones benéficas en Chile y en el extranjero, con obispos y profesionales. Era convincente y creíble en sus proyectos. En todas nuestras casas, santuarios, obras sociales y campos apostólicos tenemos huellas de sus empeños.

Gustaba cuidar de Bellavista, hermosear el entorno del Santuario, conseguir maicillo para los caminos, plantar, podar árboles y hacer fecunda esta tierra santa en torno al Santuario.  Supo ganarse el corazón de nuestros trabajadores, se preocupó de ellos y los estimulaba a cuidar de las flores, de que el entorno hablara del misterio de la Alianza que hace de nuestros Santuarios un manantial de vida para todos los que se acercan al trono de nuestra querida MTA.

Participó activamente en la Sociedad de los Canalistas del Maipo y veló por los derechos de riego que desde 1947 han hecho fecunda nuestra tierra de Bellavista. 
Colaboró hasta el final como miembro del Directorio de la Fundación María Reina del Trabajo, llamada a la vida por su primo Fernando Arrau que descansa en paz.
Nuestra Familia de Hermanas la recordará siempre como una Hermana comprometida y de una fe profunda que modeló su manera de enfrentar la vida, coherente con lo que la Iglesia necesita a través del carisma de nuestro Padre y Fundador.

Tenemos un dolor grande por su partida y al mismo tiempo guardamos su memoria con alegría y damos fe de su profundo sentido religioso y schoenstatiano para asumir la vida. La alianza de amor con la Mater ha sido coronada hoy en el cielo, en el abrazo del encuentro con todos los que fueron queridos, y preparando nuestro encuentro definitivo.